martes, 15 de septiembre de 2009

Mi Héroe

Durante demasiado tiempo me había envuelto una nube de silencios.
Silencios en casa, recién separada de una pareja que nunca me había amado, sin hijos que me necesitaran. Tardes enteras sin hablar, con la única compañía de mi perro, de mis libros, de mi música, que me acompañaban como fieles amigos.
Silencios en el trabajo, entre gentes que hablaban un idioma extraño para mí, que no tenían ningún punto de contacto conmigo. Quizás era yo la que no quería hablar su idioma, la que no deseaba encontrar esos puntos perdidos.
Una breve isla, las tardes de los jueves con las amigas de toda la vida. Pero eran siempre los mismos temas banales, casi podía adivinar, de qué se iba a hablar hoy.
Últimamente me preguntaba si en la realidad eran como parecían ser. Porque yo seguía pareciendo la misma de siempre, pero no lo era. Tenía un secreto que les habría escandalizado. Había algo, alguien, que iluminaba mi vida de una forma que nunca hubiera podido imaginar.
Le conocí en un parque, paseando a mi perro. Era una noche de enero, fría y desapacible. Hay que decir que mi perro es tonto. Jamás ha ladrado a nadie. Como guardián no hubiera tenido ningún futuro. Cuando él se acercó a mí, por detrás, y me agarró del cuello, ni se inmutó.
Me debatí furiosamente contra mi agresor y, por un golpe de suerte, logré inmovilizarle. Tropezó con una rama y cayó al suelo, yo me limité a sentarme sobre su pecho y sus brazos. Tizón, mi cocker negro, se acercó a darle un lengüetazo en la cara.
La luz de una farola le iluminaba la cara. Era feo. Muy feo. La nariz, torcida y desfigurada sobresalía en su rostro. Los ojos, oscuros, brillantes, me miraban divertidos. Una sonrisa retorcida se dibujó en sus finos labios.
- ¿Y ahora qué vas a hacer, Caperucita? Tu lobo no es muy feroz que digamos.
Miré a mi alrededor. No había nadie a quien recurrir. Yo no podría seguir reteniendo a mi presa por mucho rato, así es que no me quedó más opción que levantarme y permitirle a él levantarse.
- Eres valiente, tienes agallas. Me gustan las mujeres así. – me dijo, antes de desaparecer entre los árboles.
Me quedé parada, sin saber qué hacer. Tizón tiró de la correa y me sacó de mi ensimismamiento. Volví a casa. No dije nada a nadie. No hubiera sabido qué contar.
Al día siguiente, cuando bajé al perro de nuevo, iba mirando hacia todos lados, pero no me sirvió de nada. De repente, de detrás de un corpulento ciprés apareció él. Di un salto hacia atrás, pero él no se movió del sitio. Simplemente, sonrió.
-Hola, Caperucita.
Tizón comenzó a jugar junto a sus piernas, y él no le hizo caso.
Yo estaba paralizada, con una curiosa sensación. No era miedo, no era asco. Era… fascinación por aquel hombre extraño que me llamaba Caperucita.
Me tomó de la mano y me llevó a un banco. Allí me contó su historia. Una historia llena de tópicos carcelarios y marginales. Mi silencio le enardecía. No sé si lo confundió con interés, pero volcó su alma sentado en aquel banco. De pronto sufrí un sobresalto.
-Anoche iba a matarte. Pero no puedo matar a una mujer como tú.
Mi corazón se puso a latir a un ritmo desenfrenado. Que él dijera aquello con aquel acento tan tranquilo… me hizo temerle. Nunca pensé que se pudiera decir eso con tanta calma.
Él me explicó la fascinación que sentía con la sangre. La emoción de perseguir una presa. El breve instante de excitación casi sexual en el momento de conseguirla. La euforia de ver el cuerpo sin vida a sus pies.
A la noche siguiente le vi en acción. Escondida entre las adelfas pude ver como perseguía a mi vecina del quinto, sin que ella se diera cuenta. Me sorprendía la elegancia de sus movimientos furtivos. Contemplé el momento en el que se abalanzaba sobre su víctima. Escuché el sonido de su cuello al quebrarse, el breve jadeo que escapó de la garganta… Él se quedó unos segundos mirando el bulto inerte que había quedado junto a él.
Entonces me descubrió en mi escondite.
Cuando él vino hacia mí, parecía realmente hermoso. Un ángel del infierno encarnado para mí. Los faldones de su abrigo abierto revoloteaban a su alrededor. El paso, firme. Los ojos, como tizones incandescentes. Jadeaba ligeramente. Me miró con una mirada extraña. Por un breve instante pensé que iba a matarme a mí también. Pero lo que hizo fue darme un beso. Un beso salvaje, ácido, con sabor a adrenalina y a muerte.
Desde esa noche, salimos juntos. Él me enseñó las mejores técnicas para acechar presas, el movimiento exacto para romper un cuello sin que me costara esfuerzo, cómo debo hacer para dejarles caer al suelo sin que me caiga yo. Soy una alumna atenta, he aprendido rápido.
Ya no estoy en una nube de silencios. Mis pensamientos vuelan constantemente a su lado, mi corazón se acelera cuando pienso en mis citas nocturnas. Y, a veces, cuando alguien me resulta desagradable, sonrío. Sonrío y pienso: tú puedes ser el siguiente.

2 comentarios:

  1. k xunga, a la tia tambien le va la sangre XD

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  2. Esta tampoco me gusta, otro típico caso de una tía estúpida... Ainsss si la hubiera matado...
    Por cierto ¿¿cómo que sentado en tu trono??

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